ELLA

Nunca planeaba enamorarse, no de él, no de nadie. Bien sabía que el amor es una ilusión exclusiva de los inocentes. Y ella no lo era. No desde que las personas más importantes de su vida, la abandonaran.
Pero cuando él se cruzó en su camino se sintió viva de una manera que…, nunca creyó posible.
Cielo e Infierno.
Placer y Dolor.
Amor y Odio.
Todo se mezcló con esa sonrisa que prometía problemas y ese acento encantador, para que la línea entre el deber y el querer, se difuminara.

 

ÉL

Inhumano. Había sacrificado todo para no sentir, para vivir en un mundo donde nada importaba. Hacía cosas de las que no se sentía orgulloso, causado dolor que no podía deshacer.
Todo fue su decisión.

El bien y el mal nunca importó...
Hasta ella.
Hasta que, era preferible morir, que vivir sin ella.

 

CC y Mikel…

El destino los unió.

El destino los destruyó.

Probaditas

Algo me decía que debía desistir. Que mi obligación era mantenerme lo más alejado de los problemas, y ella era un gran problema. Lo supe desde el momento que la vi, pero la mujer era tan… tan adorable que lo único que deseaba era tener cinco minutos con ese problema. Cinco minutos de su atención. Que todos sus sentidos estuvieran centrados completamente en mí.

No pude resistir la tentación.

Era la mujer más irritante y engreída con la que me había cruzado, pero lo más, es que era absolutamente cautivadora. Era un paquete esbelto, lleno de curvas y arrecifes que moría por explorar. Merde, ¡lo que haría por tenerla entre mis sábanas! Me sorprendía que el estúpido noviecillo pudiera actuar de una manera racional cuando la tenía a su lado, al alcance de la mano. Lo que daría por estar en el lugar del simpático blond.

Había llegado el momento de asumir el control de la situación; ella tenía que ser mía. Le pesara a quién le pesara.

Antes de tocar la puerta, se abrió para revelar a una verdadera joya en un vestido straple color amarillo claro que se ajustaba con precisión a su diminuto talle y exhibía con orgullo sus rellenos y firmes senos. Llevaba el largo y oscuro cabello recogido en la parte baja de la cabeza con unos cuantos mechones acariciando su nuca y hombros. Elegante. Perfecta. El deseo de bajar la parte alta del traje, arrastrar la boca por la suave piel hasta encontrar las cimas y mordisquearlas a placer fue casi demasiado. Solo me contuvo el sólido deseo de que, a esta mujer en particular, se le trataba con respeto fuera cual fuera su comportamiento. Pero la mujer me lo estaba poniendo difícil. Esos ojos salvajes me miraban fijamente, envolviéndome en un hechizo como si solo yo existiera, como si comprendiera y perdonara cada uno de mis muchos pecados. Su altivez era un atrevido desafío. Algo que, por su bien, debía considerar ya que yo no era el estúpido blond con el que despertó. Yo si la podía dañar. Pero, al parecer, tenía un deseo de muerte, ya que sus humeantes y atrevidos ojos atraían toda mi atención.

—Llegas tarde.

—Dos minutos.

—Dos minutos y una mierda, a mí nadie me tiene esperando —a punto estuvo de cerrar la puerta cuando un recóndito reflejo de mi mano actuó por mí impidiéndolo. Eran, literalmente, dos minutos. ¡Que no jodiera! Me abalancé sobre ella. La atrapé entre una pared y mis manos.

—¿Qué dijiste? —Muchos habían caído sobre sus rodillas por mi tono de voz. Era un tono que prometía muerte y, que muchas veces, había cumplido. Ah, pero no CC, está mujer levantó el mentón mientras atrapaba con su delicada, aunque fuerte mano mis joyas. Las pobres ya le tenían miedo. Aunque no se amedrantaron.

—Que a mí nadie me tiene esperando —susurró acercándose a mis labios...

 

 

Solo para seguir su paso, la besé con todo el salvajismo que me fue posible, sentí su respuesta y mi cuerpo se calentó en llamaradas; jalaba mi cabello con frenesí, con desesperación por más. Presioné mi erección en ella creando un jadeo animal, supe que era de ella, cuando respondió restregando su cadera en la mía. Traté de ir más despacio, tomarla en la vía pública no era la mejor opción, pero la mujer no tenía control. Sus jadeos pedían más, necesitaba más. Deslicé mi boca por su mejilla, por su cuello, mi mano cubrió su seno y nada era suficiente. Necesitaba tocarla más, besarla más, abrirla, tomarla, acabarla. Con rabia abrí su blusa y liberé ambos senos de la contención del sostén. Quedé maravillado. Nunca había sostenido algo tan bello entre mis manos. Sentí como si me hubiera dado el más preciado de los regalos, poco falto para gruñir de placer. Ya todos mis pensamientos estaban enfocados en las chocolatosas cimas. No pude resistirme. Mi lengua salió en busca y no paró hasta que encontró su objetivo; succioné, mordisqueé tanto como me fue posible. Totalmente consumido, mi cabeza solo podía pensar en estar dentro de ella, en sentir su cuerpo, sus jadeos.

—Mikel… —por un segundo paré y la vi a los ojos, hubo algo en ellos que inmovilizaron mis manos, pero no pudieron parar el deseo de sentirla.

Buscando control, besé su cuello, mordisqueé su quijada, respiré su aroma. El control no llegaba, al contrario, lo iba perdiendo cada vez más. El peso de sus senos regresó a mis manos, su sabor, necesitaba más, mucho más.

—No puedo… —escuché a lo lejos. Tuve que separarme un poco para controlar mi respiración, mis pensamientos—. No puedo… —repitió casi en un sollozo.

— ¿Te hice daño?

—No… —el suspiro venía acompañado con una caricia en la espalda, justo debajo del arnés que sostenían las dos Colt calibre .45 que tenía desde niño. No eran las más comunes en el mercado, pero eran lo suficientemente poderosas como para penetrar cualquier chaleco antibalas, algo que cada matón que se respeta aprecia.

Aunque lo mío era más emocional, pertenecieron a mí abuelo y les tenía cierto cariño. Esperaba que la mujer respetara eso y no se pusiera a gritar como una damisela. Para mi sorpresa, acarició mon Poisons con cuidado, con… cariño. Así como yo las acariciaba.

—Me gustan —susurró delineando las líneas de las causantes de muchas almas caídas—, se sienten como tú.

Por primera vez en mi vida, la excitación quedó en segundo plano, sus senos al descubierto, aunque tentadores, quedaron nublados por la profundidad de la selva de los ojos de la mujer más bella que existía.

—¿Y cómo es eso?

Sin pestañear, sin cubrirse, segura como la diosa que era, declaró—: Fuertes, poderosas, mortales —obvio con una mueca—, pero también vulnerables. Indefensas ante el poder de quien las maneja.

— ¿Me quieres manejar, Dy?

La mueca se convirtió en sonrisa—: Ya lo hago, Gaël.

En ese instante, mis pensamientos, mi razón, mi cuerpo, mi alma dejo de ser mía, para postrarse a sus pies...

ERROR

 

Apreté los párpados con fuerza mientras regresábamos del cementerio a la casa blanca.

Mi pequeño infierno.

—A partir de hoy duermes en mi habitación. —Anunció tranquilamente.

Me refugié en el silencio de mi cerebro, de alguna manera me tenía que consolar, y lo hacía en el silencio, en la imagen de flores abriendo, de vida renaciendo. Ni siquiera me di cuenta de que él seguía hablando, fue hasta que mencionó el testamento de la abuela que regresé en mí.

—En cuanto cumplas dieciocho años vendes esa casa y nos vamos del maldito pueblo. Podemos comprar un rancho, algún día quiero hijos y…

— ¿Por qué soy yo la que tiene que vender la casa? —Se dio cuenta de su error parpadeando varias veces en mi dirección, pero ya era demasiado tarde—. ¿La abuela me dejo la casa a mí?

—Es un detalle sin importancia. Al fin y al cabo, solo faltan un par de meses, no tiene caso que disputa un documento sin sentido. Tú vas a hacer lo que yo diga. —Recalcó enterrando sus dedos en mi brazo hasta que la carne se rasgó, después tomó mi seno y pellizcó la cima con todas sus fuerzas. Quería jugar conmigo. No teníamos ni media hora de haber enterrado a su madre y ya quería jugar conmigo—. Ponte suéter, tenemos compañía. —Ordenó señalando el asiento trasero del auto al llegar a casa. Las marcas de mi brazo pronto se iban a convertir en moretones, él nunca dejaba marcas donde la gente las pudiera ver.

Estábamos a más de treinta grados de temperatura, pero nadie preguntó por qué traía suéter.

Nunca nadie preguntó nada.

Comida desabrida. Risas silenciosas. Murmullos incoherentes. Gente que nunca saludó a la abuela, que nunca la visitó, pero que sentían profundamente su muerte.

El licor corrió como siempre que Mike estaba presente, fue fácil tomar una botella y llevarla a mi habitación. No me gustaba el sabor, mucho menos el olor, pero los pequeños tragos me permitieron soñar con otra vida; con una donde nadie interrumpiera mi sueño, una donde la comida no se me negara, una donde la soledad no fuera mi única compañía.

En cuanto empecé a sentir que el licor hacia su trabajo paré de tomar, lo que menos deseaba era quedar sin defensas. No ahora, no cuando, más que nunca, tenía que defenderme.

El murmullo de las personas se hizo cada vez más leve, más lejano. La luz del día se fue apagando. Mis lágrimas nunca pararon, extrañaba a mi abuela, extrañaba su calor, su olor, su protección.

No me di cuenta de mi error hasta que fue demasiado tarde, hasta que su olor inundó mi mundo, hasta que su mirada enferma de lujuria fue lo único que pude ver, hasta que un dolor infinito me llenó y culminó el infierno que empezó, el día que apareció...

#Pronto

© 2023 by Azminda Cancino

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