Prefacio

¿Cómo empecé?… Tal vez cuando solo tenía dieciséis años, y ni una sola de alcohol en mi sistema.

― ¡Papá! ―Por su expresión, cambié de táctica y bajé un poco el tono de voz―. Pá, tiene el ojo morado ―supliqué con una mano extendida señalando a la cocina, donde mi pobre amiga se escondía de su madre, del abuso, de la vida miserable que le tocó vivir―, algo tenemos que a hacer. No podemos permitir que la siga tratando así.

Llevaba la mitad de mi vida peleando una guerra que no era mía, pero que sentía en el corazón. ¿Cómo la podía tratar así? ¿Por qué nadie hacía nada?

―Chris, no podemos hacer nada ―Mi madre trató de abrazarme, con un paso atrás la rechacé. ¡Algo! ¡Que hicieran algo!

 “¡Mari! ¡Mari!”, se escuchó a través de las ventanas. Temblando me dejé caer en el suelo, escondí la cabeza entre mis piernas, y tensé todo el cuerpo. El torrente de sangre en mi cabeza dejó afuera el mundo, solo la voz del repudio sonaba en mi cabeza. Grité, bramé dentro de mi cabeza. Rogué por alguien, por algo que me ayudara a cuidar a mi hermana. ¡Malditos sus padres! ¡Malditos mis padres por no hacer nada! ¡Maldita Mari por no defenderse! ¡Maldita yo! Que no era lo suficientemente fuerte para defenderla. Mi cabeza daba vueltas, mi estómago se retorcía, mi garganta se hizo nudo.

Podía escapar con ella. Podía matar a su madre. Podía… hacer nada.

Demoré unos minutos en recomponerme, en conquistar a la voz que murmuraba cosas sin sentido. Yo no podía dañar a nadie y, obviamente, tampoco defenderla. Tenía que usar la cabeza y no los sentimientos para poder ser una diferencia en la vida de mi amiga… ¡No! mi hermana, Mari era mi hermana por decisión. Este instinto de protegerla, de ayudarla tenía que esperar a que creciera, cuando yo creciera las cosas iban a cambiar.

Yo iba a salvar a Mari.

I

<<Solo por hoy>>

Veinticuatro horas, mil cuatrocientos cuarenta minutos que superar.

<<Solo por hoy>>

 No estoy segura en qué momento se volvió mi mantra, pero de algo estaba completamente segura, funcionaba. Como buena alcohólica, vivía mis días bajo el ala de los doce pasos, esos doce pasos me ayudaban a vivir y no solo a sobrevivir.

Vale insistía en que no hay mejor terapia que la ocupacional. Y por eso estaba aquí. Con dos enormes maletas y un neceser en la mano. Perdida en uno de los pueblos más escondidos del estado de Pensilvania, a cuarenta y cinco minutos de Filadelfia, la ciudad más cercana. Después de mi vida en Great City, juré no volver a vivir en pueblos pequeños, yo era una mujer de ciudad. Pero mi ‘mujer de ciudad’ no podía con ‘la vida de la ciudad’, parecía que necesitaba estar en lugares pequeños para poder vivir bien.

Así como arreglaron mi estadía en El Rancho, Nic y Oli arreglaron mi llegada a Rockland. Sin importar nada, fueron constantes en sus visitas en rehabilitación, eso también le agregaba un poco de culpa al saco, aunque esta era una culpa a la que le di la bienvenida.

―Estoy un poco preocupada por lo social ―acepté sin reparos―. Ya me siento más fuerte, pero vivir en California…

― ¿Por qué no te cambias a la costa Este? En casa estarías bien cuidada.

Y bien vigilada. Yo quería mucho a mi hermano, pero no era tonta, a el hombre le gustaba tener todo bajo su control. Igual que a mí. Una característica de los Adams.

―No puedo vivir en una burbuja, Oli. Tengo que ser capaz de vivir sin temor a recaer. Vale me ha comentado sobre un programa en Filadelfia que se especializa en adaptación social, solo que la lista de espera es de dos años. Puedes asistir como externa, pero a mí me gustaría asistir como interna.

―Todo tiene arreglo, ¿cuál es el nombre del programa?

A mi hermano le encantaba tomar el control del barco. Nic lo detuvo con un solo toque sobre la pierna. Increíble las vueltas que da la vida; Se suponía que Nic era la más débil de los tres, y ahora dominaba con un solo toque al ogro de mi hermano. Y yo, que era el Capitán América, estaba internada en un centro de rehabilitación. Vida, a todas esas vueltas se les llama vida.

― ¿Quieres que te ayudemos a ingresar al programa? Yo puedo hablar con mi amigo, el que me recomendó este lugar, su hermano seguro tiene contactos ―aseguró Nic.

―No creo que se pueda. Intente hablar con el administrador y sigo en espera de que me comuniquen. Incluso Vale lo intento y no funciono. Al parecer no tiene tiempo ni para contestar una llamada.

―Dame nombre y vemos qué se puede hacer.

Nic parecía muy segura, a lo mejor su amigo si tenía las influencias correctas.

―Duncan. El administrador se llama Alan Duncan.

― ¿Duncan? Yo conozco a los Duncan ―A Nic se le iluminó la mirada, a Oli se le descompuso la cara―. No te preocupes, ya te consigo lugar ―Nic se levantó de la salita que ocupábamos ya con teléfono en mano.

―Se ve muy segura.

―Porque lo está. Esos Duncan son sus noviecitos.

Supuse que mi hermano bromeaba, solo que tenía una manera muy peculiar de bromear, se podía confundir con celos.

―No es gran cosa. Estamos remodelando ―explicó Alan Duncan a través del teléfono. Finalmente, Nic si consiguió que tomara mi llamada. No tenía muy claro si le hacía un favor a su hermano, a Vale, o a mí. Pero se le notaba en la voz que no estaba muy contento―. Estamos cambiando las instalaciones y por eso las admisiones se detuvieron. Vas a tener que esperar un par de semanas a que el programa arranque al cien. ¿Te sientes lo suficientemente fuerte como para pasar un par de días sin apoyo?

―Si ― ¡No! ―. Estoy investigando un par de clases en la Universidad de Pensilvania. Supongo que esos días me van a dar el tiempo para concretarlo.

― ¿Estás buscando acabar una carrera? ―Poco a poco el tono de su voz se fue serenando. Se le escuchaba incluso interesado.

―Una especialización. Quiero estudiar una especialización. Soy abogada.

―Eso es bueno… Que tengas planes y sigas con tu vida.

Planes, muchos planes. Según Vale, los planes dan cierto sentido de estabilidad. En mi experiencia, solo servían para a hacer reír al tiempo, a la naturaleza, a la vida en general.

Por medio de email, Alan Duncan me mandó la información necesaria del Centro de adaptación social comunidad libre, un centro donde las artes es pasión, según su eslogan. No solo era dirigido a personas con problemas de adicción, estaba abierto a toda la comunidad, daban clases de música, pintura, artes plásticas, de todas las formas de arte que podía imaginar. Yo no era muy artística, mi mayor talento era consumir botellas enteras de Dalmore sin respirar. Solo esperaba que su fama fuera justificada y me ayudara a poder regresar a vivir en la realidad. Todavía me sentía insegura de poder sobrevivir a un día de trabajo, a una ‘comida’, a Josh.

― ¿Lista para la realidad?

―No ―ni cercanamente. Pero las cosas si cambiaron, no sentí vergüenza al decir: “No”. Fue un firme, con convicción y sin restricción “No”, no a salir al mundo real―. De lo que, si estoy segura, es que estoy muerta de miedo.

―Aférrate a ese miedo, no lo dejes ir, el miedo a el alcohol es el mejor antídoto ante él. Ve a las reuniones, sigue los pasos, consigue un patrocinador. Todo va a estar bien.

Fueron las palabras con las que me despidió Vale de El Rancho.

Ni cercanamente me sentía preparada para el mundo real, mucho menos para California. Así que aquí me hallaba, utilizando las influencias de Nic. Llené mis pulmones de aire fresco y dejé salir el poco smog que se resistía a salir de mi sistema.

“Rockland fue nombrado como uno de los pueblos más bonitos de América por la revista Forbes. Es una pequeña ciudad en el corazón del estado de Pensilvania; Pintoresco, acompañado del rio Delaware. Es conocido por su comunidad de artistas, cuenta con tiendas y galerías locales abundantes, pero es también un paraíso para los amantes del aire libre, y a solo cuarenta y cinco minutos de la ciudad de Filadelfia”, narraba Wikipedia. Sonaba perfecta para mis propósitos. Mientras seguía las instrucciones de GPS, pude constatar que tenía su encanto.

No lo voy a negar, dudé por un largo momento. No era fácil. Ahora no contaba con el empuje de Nic y Oli, ahora iba por mi propio pie. Bajé del auto temblando, mis dos maletas pesaban más que todo mi cuerpo. Miré la fachada y tragué la poca valentía que viajaba conmigo. Tal vez esto no era buena idea, tal vez tenía que ir a casa a los seguros brazos de mi madre… Sin embargo, aquí estaba.

Era un edificio de ladrillo rojo, una escuela, o lo que debía haber sido una escuela. Por lo que me había dicho Nic, la población en el Centro anterior creció mucho y el administrador decidió privatizarlo y ampliarlo. Un letrero de concreto marcaba 1958, para tener más de cincuenta años el edificio estaba en perfectas condiciones, por lo menos por fuera. Junto al letrero de concreto había una banca, también de concreto, con la inscripción: En memoria de mi amada April. ¡Uy! Memorias amenazaban con salir en forma de llanto. Me sacudí los sentimientos y abrí la puerta principal. Empezaba mi nueva vida.

Aunque por fuera se veía un poco desolado, en cuanto abrí la puerta de vidrio el edificio cobró vida; Mis sentidos fueron invadidos por el sonido de risas, de murmullos, de martillazos, de música, y por muy raro que fuere, del olor de pintura mezclado con el de comida.

No lo que esperaba.

― ¡No me alcanzan! ¡No me alcanzan! ―Un chiquillo con cuatro regordetas extremidades corría en mi dirección como rayo―. ¡Permiso! ―gritó, mientras yo abría las piernas para dejarlo pasar. Bajó su cabeza, pasó entre mis piernas y siguió carcajeándose usando de refugio la parte trasera de mi cuerpo.

Ese rechoncho pedacito de cielo camuflado de niño, inició lo que iba a ser, mi AHORA.

 

―Me llamo Alex.

 

Era un chiquillo que no tenía más de cinco años, de cabello chocolatoso un poco largo, alborotado, con las mejillas sonrojadas y la sonrisa más bonita que había presenciado.

―Hola Alex, yo soy Chris.

Sus ojos dorados se abrieron impresionados, destellando.

― ¿Eres un ángel?

No era la primera vez que alguien preguntaba eso, pero en su voz se escuchó diferente, casi real. Negando me agaché para estar a su altura.

―No, Cielo, solo soy Chris.

Extendí mi mano para saludarlo cuando él me sorprendió abrazándome, nunca sentí un abrazo tan sentido. Sus rechonchos brazos cubrían mi cuello acercándome a él, con cariño, con ilusión. Era una pequeña alma que toca, de esas que dejan huella. Cerré los ojos disfrutando la hermosa energía que de él radiaba, cuando nos interrumpieron―: Alex, ¿quién es tu amiga? ―dijo uno de los dos excelentes ejemplos del género masculino que aparecieron de la nada. Me permití observarlos de arriba abajo, obviamente eran gemelos idénticos y ¡muy buenos especímenes! Grandes ojos color miel con toques de verde, altos, cabello achocolatado ondulado, la única diferencia notable, es que, el que habló, tenía cuerpo de futbolista americano, mientras el otro, de futbolista de soccer. Y considerando que a mí me gustaba el deporte en general, con gusto me ponía a practicar con cualquiera de los dos. ¡Cielos! Los meses de abstinencia se manifestaban.

― ¡Es mía! ―anunció Alex tomando mi mano con las suyas. Sonreí junto con el par de hombres. Tenía carácter el chiquillo. Levantando las manos en rendición, el que habló siguió le corriente.

― ¡Ey, amigo! Tú la viste primero ―Alex me jaló sin aceptar resistencia. Traté de tomar mis maletas, pero el par de futbolistas ya se estaban haciendo cargo de ellas. Por un momento olvidé lo diferente que actúan los hombres afuera de Texas, aquí si detenían puertas para que pasaras y ayudaban con las maletas. Les sonreí por inercia, era bueno volver a la civilización ―por cierto, soy Adam Duncan ―el futbolista de americano habló haciendo un guiño en mi dirección ― y soy ingeniero ―agregó. Fue instantánea mi sonrisa.

―Y yo Andy, yo soy doctor.

―Pediatra… ―lo corrigió Adam.

―Doctor publicado y certificado ―recalcó con una mueca Andy. Eran encantadores e increíblemente idénticos, incluso la voz era idéntica.

―Encantada. Yo soy Christine Adams. Mi hermana, Nic Adams, habló para anunciar mi llegada.

A los dos les brillaron los ojos con la mención de Nic. Ahora entendía lo que dijo Oli sobre los Duncan, ellos definitivamente eran los noviecillos de Nic.

Siguiendo la corriente, me dejé guiar por el vestíbulo hasta que entramos a la oficina principal donde todavía se leía “Dirección” en la puerta.

Si así iba a ser todo el programa, no veía ningún problema cumpliéndolo. Un tercer espécimen apareció, solo que esté, estaba rodeado de papeles, cajas, y no se dio por enterado de que entramos. Con él, mi vista se tomó su tiempo, no era apuesto, ¡era bello! Con él aplicaba tal adjetivo a pesar de ser un espécimen tan masculino. Era delgado, pero de una manera fuerte, de hombros anchos y brazos musculosos. El cabello más lacio que el de ―obviamente― sus hermanos, era de un brillante y espeso chocolate claro, su bronceado rostro mostraba muestras de cansancio y mucha determinación. Con él era un gran, ¡yumi-yumi-yumi!

Antes de que yo pudiera hablar, Alex se hizo notar―: Pá, ¡mira!

El tercer espécimen subió la mirada causando que diera un paso atrás. No dijo una sola palabra, solo con la mirada hizo que mi estómago se hiciera nudo, que mi cuerpo instantáneamente se alertara, la sensación que me invadió fue muy parecida a la que tuve la última vez que usé una droga, una ola de alivio, de abrumadora paz detuvo mi respiración.

Me sentí incomoda, la mirada arrancaba capa por capa hasta llegar a tu medula, eso no era bueno, nadie debía tener eso poder. Además de que, inmediatamente supe que ese hombre era de los que se tiraba todo, orgánico e inorgánico.

―Alan, es Christine, la cuñada de Nic ―anunció con un deje juguetón Adam. Nic decía que era un gran amigo de ella, le faltó decir que era terriblemente guapo.

―Hermana, Nic es mi hermana ―lo corregí con una sonrisa.

Alan no apartó su mirada de mi persona, sus ojos me examinaron hasta llegar al punto que podía estar segura sabia el color de mi ropa interior. Hurgaba el alma con la mirada.

―Alan Duncan ―algo adentro de mi pecho dolió cuando habló. Extendió su mano en mi dirección, pero la bajó de inmediato, estábamos muy lejos uno del otro para un saludo de mano. Corrigió su error, recorriendo su cabello con la mano, ¡y apareció el modelo perfecto! ¡Diablos! Era toxico, olía a problemas, a tentación, su aura brillaba en rojo con un cartel parpadeando en neón, ‘peligro, acérquese bajó su propia responsabilidad’. Mi pulso tomo una velocidad peligrosa, repentinamente me sentí mucho más nerviosa―. Alex, ¿ya hiciste la tarea, o te la has pasado jugando con estos? ―Alex apretó mi mano y con un guiño salió corriendo de la oficina, ¡qué chiquillo tan encantador!

Es muy guapa ―afirmó Andy en español.

Me sorprendió que hablara tan bien, ni siquiera se le escuchaba el acento americano.

Y esta muuyy buena ―contestó el ingeniero también en un perfecto español.

¡Idiotas! ¿Qué creían? ¿Qué no les entendía? Mi español también era perfecto, lo medio aprendí desde niña; Nic tenía descendencia mexicana y para no perderme en sus conversaciones con su papá, me enseñó. Al llegar a California lo perfeccioné, todo mundo habla español en California. Incluso con Josh llegué a hablar en español, él lo evitaba, claro, pero a mí me gustaba, me recordaba mi niñez. ¡Y este par de idiotas creían que podían hablar de mi sin que yo me enterara!

Y se ve que lo sabe bien. Es creidita la Cosita ―Alan se recuperó pronto de su letargo, porque la afirmación fue rápida y con un gesto desdeñoso.

Trio, ¡era un trio de idiotas! Tuve que esconder la sonrisa, ¡de lo mucho que me iba a enterar con estos tres!

―Si saben que es de mala educación hablar en otro idioma enfrente de las personas, ¿verdad?

Ya ven, ¡creidita! ―volvió a afirmar Alan sin importar mi queja. Para creidito, ¡él!

Pues yo si le daba ―afirmó Adam. Los gemelos chocaron manos como un par de adolescentes, además de guapos eran divertidos. Inmediatamente me cayeron bien. Todo lo contrario de Alan que me veía de esa manera rara, haciendo una radiografía de mi alma.

¿Hablas español? ―preguntó Alan viendo directo a mis ojos. Tomó todo mi auto control no bajar la mirada y difuminar la idiota sonrisa que provocaron los gemelos ―Señorita Adams, ¿habla español? ―en contra de mis creencias, tuve que fingir ser idiota.

― ¿Me estás hablando a mí?

No se lo creyó―: Tengan cuidado con lo que dicen, la Cosita habla español.

¡No! ―contestaron los gemelos al unisón.

Ay hermanito, ahora si te fallo, está güerita solo sabe decir tequila y gracias en español ―. Y el ingeniero entraba en mi lista negra. No importo que su comentario no fuera en modo burlón, era un comentario de mal gusto. Afortunadamente Alan estuvo de acuerdo conmigo.

¡Eres un idiota, Adam! ―le dio el puñetazo que yo no podía darle en el hombro antes de acercarse a la puerta de la oficina―. Si me permiten.

Los gemelos salieron sin rechistar.

―Disculpa a mis hermanos, a veces se comportan como adolecentes ―dijo ya toda propiedad.

Mientras cerraba la puerta pude terminar de admirarlo; Pantalón oscuro y playera de cuello V que se ajustaba a los esculpidos músculos, todo cubierto de polvo y pintura. Regresó con pasos firmes al escritorio y tomó asiento, en ningún momento volvió a verme. Abrió un folder y empezó la inquisición. Empezaba la vida pagando las consecuencias.

Conoce un poco más a los hermanos Duncan...

Y a los Adams.

© 2023 by Azminda Cancino

  • Grey Facebook Icon
  • Grey Twitter Icon
  • Grey Instagram Icon
  • Grey Pinterest Icon
  • Grey YouTube Icon
  • Grey Google+ Icon